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miércoles, 14 de julio de 2010

¿DESPEDIR A LOS FUNCIONARIOS IMPRODUCTIVOS?




El diario ABC continúa su campaña contra los empleados públicos manipulando una propuesta de la CEOE, pues da a entender que la patronal propone el despido de los “funcionarios improductivos”. La veda que se abrió con el tijeretazo sigue abierta.

Como se puede ver, no cesan los ataques indiscriminados contra los servidores públicos. Muchos de ellos tendrían que empezar a retar a todos los calumniadores a que señalaran cuáles de sus obligaciones están incumpliendo y a pedirles explicaciones de con qué derecho difaman de forma genérica a todo un colectivo.

Algo habría que decir sobre la improductividad de las administraciones públicas. Estas hacen lo que les mandan los políticos, que son quienes marcan las prioridades. En la selección de personal cada vez se emplea más el dedo arbitrario que los principios de mérito y capacidad. El trabajo de los empleados públicos lo controlan y lo organizan los altos cargos, designados por el gobierno, que es el que dirige la Administración, tal y como indica nuestro texto constitucional. No se pueden admitir generalizaciones sobre la “improductividad” de los funcionarios, máxime si vienen de una institución como la CEOE, que es financiada en parte por el dinero del contribuyente y cuya presidencia no es exactamente un modelo de ortodoxia en la gestión empresarial.

El titular de ABC redunda en los mismos planteamientos de quienes desean reducir a la nada todo lo público, como panacea universal. En última instancia, para lo que sirven todas estas campañas es para justificar el desmantelamiento o la jibarización de los servicios públicos, ningunear el interés general y barrer para casa de forma absolutamente descarada.

jueves, 24 de junio de 2010

A PROPÓSITO DEL ARTÍCULO DIFAMATORIO DE EL MUNDO CONTRA LOS FUNCIONARIOS



Traemos aquí a colación una entrada de Pablo López Gómez en DESEDUCATIVOS sobre un lamentable artículo contra los funcionarios públicos escrito en EL MUNDO por un infame e infamante opinólogo apellidado Sostres. Al hilo de lo que dice Pablo y de algunos comentarios que se han escrito en el citado blog, cabe hacer, no obstante, algunas reflexiones.

Ya nos gustaría poder pasar olímpicamente de artículos tan vomitivos como el perpetrado por el tal Sostres, siguiendo los consejos de algún sensato comentarista de DESEDUCATIVOS. Pero por desgracia no es posible hacer como si no existieran. Y ello por varios motivos:

1) Crean opinión. Extienden el veneno.
2) Son una injuria colectiva que puede derivar en una persecución y un hostigamiento legitimador de nuevas agresiones contra el colectivo funcionarial para las que se busca más apoyo en la sociedad.

Poniéndome al nivel del difamador, podría decir grosera y toscamente que a mí lo que diga Sostres me la suda, pero lo que no me deja indiferente es el efecto nocivo causado por la inquina tóxica que difunden sus malintencionadas y zafias injurias. No hace falta ser lingüista para saber que las palabras, puestas en acción, en un contexto y en una situación particulares, son casi siempre algo más que meras formas dotadas de significado. Si con el verbo amenazamos de muerte, si incitamos al odio, si instigamos a la comisión de un delito, si calumniamos, si metemos cizaña o provocamos a alguien, no estamos simplemente manifestando opiniones y ejerciendo el legítimo derecho a la libertad de expresión, estamos convirtiendo los enunciados verbales en armas cargadas de una munición dañina. El verbo no es un crimen, pero ¡cuántas veces lo que se hace con el verbo da paso a un crimen!

¿Qué pasaría si tras leer el artículo de ese hooligan que fabrica ingentes cantidades de ira (tanto entre los que envenena como entre los que se sienten injustamente agraviados por él), un funcionario cabreado escribiese una columna incitando a la quema del cafre difamador en la plaza pública o a acudir a su domicilio particular a lapidar al autor del libelo y al director que lo ampara? Pues naturalmente se consideraría un delito, una incitación a la comisión de un crimen. Por eso, lo que ha hecho el inquisidor “anti-servicios-públicos” es algo más que producir basura, es algo más que expresar opiniones discutibles, es contribuir a un ataque generalizado muy calumnioso del que creo que tenemos derecho a defendernos con más firmeza que mediante una mera réplica en un debate en el que se intercambien opiniones adversas.

¿Descalifica la publicación de este injurioso y delictivo artículo a todo el periódico? No ha sido nunca EL MUNDO santo de mi devoción, pero me temo que la degradación deontológica es ya un fenómeno extendido en toda la prensa española.

El periodismo de información general está tomando aires de trinchera y lleva décadas perdiendo calidad y altura de miras, aunque suene muy duro decir esto. Lo de los editoriales conjuntos de cierta prensa catalana recuerda a los artículos de inserción obligatoria de la Dictadura. Por otro lado, tanto ABC, como EL MUNDO y LA RAZÓN de vez en cuando tienen colaboradores y columnistas que atinan e iluminan el camino. Todos ellos también cuentan con profesionales –en el peor sentido del término- que están al servicio de las consignas y las líneas de comentario-agitación-propaganda de lo más cansino y cutrón. Pero si es imposible encontrar un medio plenamente honrado y un solo periódico “legible”, la línea editorial de Pedro J. ha sido desde el primer momento una mezcla del “New York Post” y “Pueblo”, que ha hecho del juego sucio su principal arma estratégica y de la falta de respeto a cualquier escrúpulo su genuina seña de identidad.

En España, desgraciadamente, todos los periódicos de información general sin excepción manipulan cada vez con menos finura y llevan a las rotativas tal grado de implicación en la defensa de sus de intereses que casi han eliminado la más mínima frontera entre información y opinión. Se guardan lo que no les interesa. Dosifican las noticias de que disponen a conveniencia, las mutilan, las aplazan, las silencian, las magnifican, cuando no las falsean sin pudor. La línea editorial de la prensa generalista es insostenible, llena de incoherencias y recurre con demasiada asiduidad a la demagogia más burda. Ninguno juega limpio. Sólo que la pluralidad de información y opiniones en la red avanzan sin freno en contra de todo deseo de controlar unilateralmente la información. Internet ha terminado con el oligopolio mediático. Al menos por ahora. Afortunadamente.

Es cierto que EL MUNDO desde hace algunos años se hace eco de forma más generosa de la crítica al statu quo en la enseñanza que EL PAÍS, medio que lamentablemente forma parte del “establishment” educativo, aunque haya salido del búnker tras la muerte de Polanco y deje respirar un poquito, pero todavía demasiado poco. También es bueno no olvidar que el mundo, en minúsculas, no se divide entre lo negro y lo blanco, los buenos y los malos.

Lo cual no quita para reconocer que Pedro J. ha sobrepasado demasiadas veces y de forma hiperbólica las fronteras del amarillismo más estridente, la manipulación y las trampas, demostrando su absoluta falta de reparos a la hora de utilizar su periódico como una herramienta para fines espurios. No es un hecho nuevo. Como tampoco es justo que nos podamos sentir inermes frente a una agresión tan brutal como la que hemos sufrido a manos de un individuo que formula un juicio sumarísimo con el que los que trabajamos en los servicios públicos estamos condenados de antemano. El columnista de marras contribuye a convertirnos a los ojos de sus lectores en auténticos e indeseables parásitos y por ello, se ha excedido de una forma que a partir del día en que se pasó cien pueblos, su firma ya se asociará indefectiblemente al periodismo basura.

Por otra parte, jamás se me ocurriría descalificar a nadie por ser lector de un determinado periódico. Yo, personalmente, les echo un vistazo a muchos de ellos en su versión digital. En nuestro país hay que contrastar mucho y acudir a varias fuentes para formarse una opinión más o menos cabal de la realidad. Entiendo que cada uno lea lo que le apetezca, no por ello vamos a caer en la inmediata estigmatización. Siempre he apreciado y valorado a muchas personas que no leían lo mismo que yo. El etiquetado fácil de los demás por leer tal o cual medio ha sido una conducta extendida desde la época de Anguita-Aznar-Pedro J. (superlativos productores de odio) y que nos retrotrae a un espíritu guerracivilista del que hay que huir como de la peste. He sido suscriptor y lector de EL PAÍS durante años, me cansé de sus tergiversaciones y sus trampas y lo dejé. Sufrí en su día descalificaciones y reprensiones por ser lector del diario de PRISA. Y aunque cada día siento una desafección mayor respecto del que fuera mi antiguo periódico, que hoy ya sólo me inspira hastío y decepción, no entiendo que se pueda considerar como un defecto, pecado o delito leer tal o cual diario. O que esa circunstancia sea motivo para incluir a alguien en la lista negra.

Yendo al fondo del infumable e irritante artículo del escribidor de cuyo nombre muchos no queremos acordarnos. Hay funcionarios cumplidores, absentistas, caraduras y otros ejemplarmente dedicados al servicio público. Como en cualquier grupo humano y profesional; es de perogrullo. Que un sindicato lleno de liberados que llevan años escaqueándose de ir a su trabajo dé lecciones sobre absentismo es un argumento dpara dar la razón a Valle-Inclán cuando decía que en España siempre es carnaval. En un colectivo tan amplio como el de los empleados públicos habrá de todo. Partamos del principio de presunción de inocencia y que se denuncien individualmente los casos de fraude, absentismo y corruptela, si hay pruebas. Justo es decir, por el contrario, que la ineficiencia del trabajo funcionarial desde un punto de vista estructural es responsabilidad de los políticos, que son quienes dirigen las distintas administraciones y han creado las condiciones en las que se cultivan los vicios de la función pública.

Por otro lado, no tengo la intención de arremeter contra la libertad de prensa ni contra la profesión de quienes escriben o hablan en los medios. Pero el uso desmedido del poder que da una columna en un medio de cierta difusión también es una potestad a la que deben ponerse límites. Pensemos en el daño que causó hace unos meses una “información” que acusaba a un padre de la muerte de la hija de su compañera, en un ejemplo injusto de linchamiento mediático de una persona sobre la que simplemente se abrió una investigación de oficio porque la niña ingresó en el hospital con heridas y los médicos se limitaron a cumplir el protocolo. Fueron varios los diarios que ya habían condenado a ese pobre hombre, que luego no tenía ni arte ni parte en esa historia. El cuarto poder hace en ocasiones un uso absolutamente despótico de su influencia. Y, como todos los poderes, debe tener límites. Hoy ha sido un ataque colectivo, brutal, pero sin nombres ni apellidos con los que nos podamos dar por aludidos. Mañana puede ser una información calumniosa individualizada. Estamos indefensos si no exigimos a los periodistas que sean responsables de sus actos. Como tiene que serlo cualquier persona en su ámbito laboral o privado. No hablo de censura, a la que me opongo rotundamente. Hablo de ética profesional, dentro de la libertad de conciencia, de pensamiento y de expresión.

Por mucha distancia que se quiera mantener respecto de un asunto que tanto toca la fibra sensible, por mucha ecuanimidad que debamos observar a la hora de enjuiciar un artículo de opinión del que discrepamos (como otros –legítimamente- no están de acuerdo con nuestras apreciaciones y juicios de valor), es muy difícil contenerse ante un abuso tan ilícito de una tribuna periodística para dar rienda suelta a la infamia con un nivel de bajeza y abyección como ha hecho un individuo que con su conducta (las palabras en contexto son hechos) ha roto impunemente las reglas del juego y se ha adentrado por una senda que si se generaliza, corre el riesgo de favorecer que nuestra vida colectiva se rija por la ley de la selva.

domingo, 16 de mayo de 2010

LA CONDICIÓN DE FUNCIONARIO VITALICIO

La condición de funcionario es una conquista de la democracia liberal frente a las arbitrariedades del poder, que en la época de los cesantes tan magistralmente describe Galdós. El funcionario tiene un trabajo inamovible, seleccionado en virtud de los principios de mérito y capacidad precisamente para garantizar su no dependencia servil del gobierno de turno. Otra cosa es que algunas administraciones hayan hinchado el pesebre y ciertos puestos no se cubran siempre por lo que es una oposición libre, limpia y transparente. Sólo tras la guerra civil se depuró toda la administración pública con la intención de exterminar a los vencidos de cualquier puesto funcionarial. Pero hace ya décadas que han entrado, por ejemplo, en la función pública docente, profesores numerarios de todos los pelajes y de todas las procedencias. La función pública es la más objetiva, por ejemplo, la que menos discrimina a la mujer en comparación con el sector privado. Cierto es que no todos los cuerpos funcionariales tienen la misma transparencia. Pero ser funcionario es un valor que no se puede cuestionar así fácilmente. Imaginemos, como sugiere irónicamente David, que los servidores públicos hoy vitalicios fueran seleccionados y separados con los mismos criterios con los que se llevan a cabo los nombramientos de libre designación que dependen de los que mandan. Terroooooooooooor. Nooooooooooooo.

Que los profesores, médicos, técnicos y administrativos, entre otros, sean profesionales que trabajan para un servicio público no es ningún privilegio. No son en general sus condiciones de trabajo un chollo. Sí lo son, por el contrario, las prebendas que tienen muchos profesionales de la política, cuyo nivel moral, intelectual y cívico ha ido cayendo en los últimos años de forma alarmante. Si a alguien le encargaran un estudio sobre el chollo institucionalizado, la prebenda, la canonjía y el fondo de reptiles en las administraciones públicas, podría encontrar una inmensa relación de beneficiarios de auténticos momios. Y si lo extendemos a cajas de ahorro “públicas” veremos a profesionales del sindicalismo –sí que es un curioso puesto- en consejos de administración con desorbitados emolumentos y envidiables sinecuras.

Un representante democrático es elegido cada cuatro años justamente para que luego pueda dar cuenta a los electores de lo que ha hecho. El sistema de las listas cerradas -en las elecciones políitcas y sindicales- es una de las formas de blindaje y opacidad que impiden que la ciudadanía pueda intervenir en los asuntos públicos. La selección de los políticos no es transparente ni tampoco es directamente democrática para aquellos a los que nos van a representar. Hablan en nuestro nombre. Nos joden, con perdón, en nuestro nombre.

Los políticos que han sido elegidos no quieren hacer ningún tipo de contrato social con los ciudadanos. Márketing, propaganda electoral. Y luego te llaman para que hagas bulto en las manifestaciones que a ellos les interesan. Sólo quieren permanecer. En el día a día el ciudadano no pinta nada. Ahora mismo, muchos en privado te manifestarán su disconformidad con el decretazo/tijeretazo, pero como responden ante los aparatos, dirán amén cuando se trate de convalidar la norma que sienta el peor precedente de recortes de derechos sociales desde la aprobación de la Constitución. Por ese motivo y por otros muchos esta clase dirigente, estos representantes, no nos sirve, aunque individualmente no todos sean igual de corruptos, incompetentes o inmorales. !Qué más da! Todos forman parte del mismo sistema.

Los inspectores sí son inamovibles. Pero no nos engañemos. En primer lugar, el acceso a la inspección hace tiempo que es una cooptación realizada entre profesores que están en la onda de la administración de turno. No interesa su nivel, sino su docilidad. En general, es uno de los muchos escapes para profesores quemados. Y luego hacen lo que les mandan. Son meros brazos ejecutores de decisiones tomadas desde arriba. Tal como funciona ahora, una institución prescindible. Hay sistemas educativos donde no existen y no pasa nada.

Los pedagogos están en todas partes. Unos son funcionarios, otros, no. Lo que hay que plantearse, en la línea que defendía el Manifiesto de Maestros y Profesores, es un cambio de función para los que están en los centros. Que trabajen al servicio de los alumnos; que no sean comisarios pedagógicos de las reformas educativas degradadoras. Que cambien el chip y se desintoxiquen del veneno que les dan en sus catequesis.

Por otro lado, el problema no es que los profesores estén acomodados por ser funcionarios. Toda la sociedad lo está también sin serlo. El conformismo y la mediocridad están instalados en el conjunto del cuerpo social. Incluso a veces hay miedo a decir lo que se piensa. Absurdo. Restos del franquismo sociológico. Con todo eso cuenta el poder.

Y justamente está en nuestras manos evitar que esto suceda y se siga consolidando, lánguida y tristemente, pero hasta ahora sin una alternativa. Porque no pasa nada por oponerse al statu quo, a menos que alguien tenga una ambición pesebrista inmediata, pues entonces sí lo excluyen. Todo el establishment tiene un inmenso poder porque la base social ha permanecido pasiva, porque no hemos hecho todo lo que podíamos hacer. El derrotismo, la autocompasión y el pasotismo han sido comunes entre nosotros, Cuando se ha tratado de fugas y complicidades. Y la contestación, poco articulada. Ojalá esta afirmación la tuviera que desmentir. Pero son tigres de papel. Duran en sus posiciones dominantes lo que nosotros queramos que duren. ¿Lo sabe todo el mundo?

viernes, 14 de mayo de 2010

LOS FUNCIONARIOS NO SOMOS EL ENEMIGO PÚBLICO

Hace ya meses que muchos opinólogos, expertos, tertulianos y otros especímenes que incendian las ondas e intoxican al personal vienen cargando contra los funcionarios como chivo expiatorio de muchos de los males económicos y no económicos de la patria.

Se extiende este veneno al hablar de vacaciones docentes, posibilidad de despidos de los empleados públicos y ahora, el recorte injusto del sueldo a mitad del año. El linchamiento no para. Y hay quien puede utilizarlo para dividir a los asalariados.

En una muestra de insolidaridad infame, los sindicatos subvencionados y pagados por quienes atropellan a los servidores públicos y que se autodenominan de clase no convocan una huelga general. Para no dejar en solitario a la CSIF, central que va a movilizar a sus afiliados, que son funcionarios. Sólo una huelguilla sectorial, para salvar la cara, la caradura que tienen. Pero sin crear problemas al que les paga y financia, con dinero que a lo mejor también habría que recortar para paliar el déficit. Un poco como para decir que el tijeretazo sólo afecta a unos cuantos. Este recorte de salarios no es una causa general. Se les ve demasiado el plumero. ¿Cómo van a defender a los empleados públicos unos representantes financiados por el patrón? Si es que el modelo es una guasa, directamente heredado del sindicato vertical de tiempos de Su Excelencia, en el que se “infiltró” en su día CCOO, hasta que se terminó impregnando del espíritu joseantoniano nacional-sindicalista. Y luego, todas las demás centrales sindicales, han repetido clónicamente el mismo esquema. Como la hamburguesa del McDonald´s nos lleva al Burger King o a Wendy´s. Da igual.

Los sindicatos sí convocaron una huelga general contra el gobierno de José María Aznar cuando éste dictó un decretazo antisocial y todo lo que ustedes quieran. Pero mucho más leve que las brutales medidas anunciadas por ese gran referente del la sensibilidad social que es Zapatero. El primer presidente de izquierdas que ha habido en la democracia, según el cantautor Labordeta. Que se podría ir con la guitarra y la mochila a contar milongas lejos, muy lejos de aquí. ¿Es este el izquierdismo privativo y diferenciador del líder del gobierno paritario y adalid de la España plural? El “bluff” empieza a desmoronarse.

Los sindicatos, perdón, las centrales sindicales de clase, estaban calladitos y tan contentos con Javier Arenas, en el primer gobierno del PP. Porque el astuto, lince y profesional político sevillano, aprendiz de las técnicas del Conde de Romanones y de Lerroux, por no citar a algunos paisanos suyos de otro color político de los que ha aprendido el sagaz ministro de Trabajo de entonces, sabía que las cosas tienen un precio. Y que si se paga, pues no hay problema. No hay ningún problema. Y les subió la asignación.

Ahora, cuando los empleados públicos deben pagar lo que otros han creado, Leire Pajín intenta convencer a la ciudadanía de que son esos privilegiados por no temer el paro quienes deben arrimar el hombro, o sea, joderse. Son los paganos de tantas y tan abultadas facturas que la clase política nos ha dejado. Y por decreto. Y sin derecho ni a rechistar.

La agresión antisocial contra los funcionarios es una indignidad que viene apoyando parte de la prensa, de todos los colores. Aunque hay algunas excepciones.

Las cartas al director de EL PAÍS de hoy demuestran que no todo es borreguismo y asentimiento sumiso ni aceptación de la demagogia.
Por lo menos transmitamos a la sociedad que todo el discurso antifuncionario es injusto y es una infame agresión contra unos trabajadores que no tienen derecho a la negociación colectiva.
Porque el gobierno va a buscar la complicidad de la sociedad para dividir a los asalariados y así poder justificar la salida más fácil, más barata e inicua de cuantas tenía en su mano para atajar la crisis.